Hoy en día existen multitud de recetas de la felicidad que proliferan por internet, redes sociales, en los libros de autoayuda… que nos dictan que debemos ser felices y alcanzar el éxito como meta en la vida:
“Puedes conseguir todo lo que te propongas”. “Tú puedes con todo”. “No hay nada imposible”. “Si puedes soñarlo, puedes hacerlo”. “Sonríe, nada tiene tanta gravedad”. “Nunca pares hasta que lo bueno sea mejor, y lo mejor sea excelente.” “Hagas lo que hagas, no te olvides de ser feliz”.
Cuánta presión ¿no?. Para empezar, no explican qué es la felicidad y, sin embargo, nos aleccionan sobre cómo conseguirla. Son planteamientos de pensamiento único en los que no hay cabida para que cada persona descubra por sí misma lo que significa para ella la felicidad.
La cultura del esfuerzo y estas corrientes de pensamiento positivo, dictan que hay que darlo todo hasta el final, competir y triunfar contra viento y marea o a cualquier precio. Que todo eso depende de nuestro esfuerzo y de que persigamos nuestros sueños con el máximo entusiasmo y ahínco. Así la vida se convierte en una carrera de ganadores o perdedores, en la que no se tolera el fracaso. Y en la que todas estas ideas nos parecen naturales y deseables. Pero no es así.
Todos estos mensajes aparentemente “positivos”, no son inocuos. Pueden ser muy perjudiciales. Exacerban nuestra autocrítica negativa y autoexigencia despiadada. Sometiéndonos a una presión excesiva y constante. Ya que parten de la peligrosa premisa de que tú eres el único responsable de lo que te ocurra, que todo depende de ti, y que, si no logras tus objetivos, es porque no te esfuerzas lo suficiente o careces de fuerza de voluntad. Reniegan de nuestro derecho a claudicar, a dejar de perseguir un objetivo y virar el rumbo. Niegan que podamos tener limitaciones y eso impide aceptarlas con compasión.
De esta manera acabamos sintiéndonos culpables o avergonzados por no conseguirlo. Sintiendo que hemos fracasado en la vida por no alcanzar el éxito. Y criticándonos por ser infelices: “no entiendo por qué no soy feliz, si lo tengo todo para serlo” o “no sé por qué no consigo mantener una actitud positiva si la situación no es tan grave”.
En realidad, las personas más felices no son aquellas que lo consiguen todo en la vida, sino aquellas que aprendieron a gestionar sus emociones ante situaciones difíciles y que aprendieron a manejar lo que la vida les va dando.
Parte de la inteligencia emocional reside en conocer nuestras limitaciones internas y externas. Tiene que ver con aceptar que no podemos con todo, y que podemos seguir siendo felices aun así. No tenemos que llegar a la meta forzosamente. Tan lícito es luchar e intentarlo, como elegir abandonar porque nos damos cuenta de que no es lo que queremos, no nos merece la pena el sacrificio, o simplemente no podemos. Y no pasa nada. Existen multitud de caminos para alcanzar el desarrollo y bienestar personal.
Estas recetas de la felicidad además favorecen la supresión y represión emocional.
Con estos planteamientos, nos han despojado de nuestro derecho legítimo al malestar. De nuestro derecho a tener malos días para aprender a gestionarlos. Y de esta forma, estar mejor preparados para hacer frente a situaciones mucho más complicadas.
La solución no es negar la realidad sino aprender a gestionarla. He visto a muchas personas en consulta que pretendían que su repertorio emocional se redujese solo a sentir emociones positivas. No había cabida para nada más porque sentir emociones desagradables como la tristeza, la rabia, el miedo... les hacía sentir inadecuadas, débiles, avergonzadas o culpables:
“Era como ponerme una máscara, fingía todo el tiempo con una sonrisa y ponía buena cara a todo el mundo porque pensaba que eso era lo que se esperaba de mí, ¿a quién le gusta estar al lado de una persona triste o malhumorada?. Yo en realidad me sentía roto por dentro. Y cada vez me hundía más. Pero nadie podía verlo”.
Esta es la tiranía de la felicidad, forzar a las personas a ser optimistas todo el tiempo. Tenemos que ser felices a toda costa, aunque sea a martillazos. Parte del malestar radica en que está prohibido sentirlo. Es una felicidad de escaparate en la que de cara a la galería todo va bien, pero en nuestro interior, reina el caos.
Y lo cierto es que muchas veces nuestro entorno, no nos pone las cosas fáciles. Es bastante habitual escuchar frases del tipo: “alegra esa cara”, “tienes que ser positivo”, “no te puedes venir abajo”, “hay que tirar para adelante”, “deja de llorar”, “no te pongas así, no es para tanto”. “Hay personas con situaciones peores que la tuya”…
Ahora imaginemos a alguien que acaba de perder a un ser querido o le han despedido del trabajo y no puede llegar a fin de mes. ¿Le ayudaría escuchar algunas de estas frases? Pueden hacerse con la mejor de las intenciones, con el ánimo de querer ayudar al otro y hacerle sentir mejor, pero es necesario algo más.
Es posible incluso que caigamos en la cuenta de que nosotros mismos alguna vez hemos utilizado algunas de estas frases cuando tratábamos de animar alguien que estaba pasando por un mal momento. Si es así, probablemente ya lo hicieron con nosotros también tiempo atrás.
En ese caso, intentemos realizar el siguiente ejercicio: busquemos el recuerdo de una situación complicada para nosotros en la que alguien intentó animarnos con comentarios de este tipo. Reflexionemos, ¿Cómo nos hizo sentir?. Puede que de primeras hubiéramos sentido gratitud hacia la otra persona por su preocupación e interés en nosotros. Pero en el fondo, ¿resultó de utilidad?, ¿nos ayudó a sentirnos mejor?. Lejos de aliviar nuestro malestar, puede incrementarlo al darnos cuenta de que no conseguimos sentirnos todo lo bien que “deberíamos”. Y en el mejor de los casos, provocará nuestra ira por la invalidación emocional que supone.
Todas estas frases van dirigidas a mirar para otro lado y a que se nos pase rápido el malestar. A negar su existencia. Nos vemos obligados a pasar por encima de lo que sentimos. Ejerciendo una presión constante por “estar bien”. Y al final trasmiten el mensaje de que, el cómo nos sintamos, es lo de menos.
En momentos como esos los demás necesitan escuchar de nosotros cosas como: “Tiene que ser muy duro para ti”. “Cuéntame, estoy aquí contigo. ¿Qué puedo hacer por ti?. ¿Qué necesitas?”. Es decir, tenemos que ser capaces de trasmitir al otro, que a nosotros nos importa lo que le ocurra y que no nos incomoda su malestar. Y si no sabemos qué decir o qué hacer y nos preocupa “meter la pata”, expresemos nuestra inquietud a esa persona. Y preguntemos cómo le podemos ayudar. Una comunicación sincera y basada en el respeto siempre será más genuina.
Lo que está claro es que aprender a regular nuestras emociones siempre será un punto clave. Como psicóloga, busco que mis pacientes observen sus emociones, entiendan qué funciones cumplen y qué necesidades se ocultan detrás de cada una de ellas para intentar satisfacerlas. Así se restablece el bienestar emocional perdido y se toman mejores decisiones para uno mismo/a. Considero esto último un objetivo mucho más realista que perseguir la felicidad a toda costa.
“No fabriques fantasías cuando quieras realidades”de Odin Dupeyron. Este video refleja con humor la idea de que no podemos ser felices todo el tiempo, ni podemos lograr todo lo que nos propongamos simplemente con desearlo.
Por Esther Fuentes
Psicóloga sanitaria y psicoterapeuta de adultos